Los padres educan y los abuelos...
A los cinco años de nacer tu madre, nos planteamos darle un hermanito –también por aquello tan convencional de la parejita–, pero el intento frustrado afortunadamente nos trajo a la tata (tita Cristina). Digo afortunadamente y digo bien, porque tener dos hijas como ella y su hermana (tu madre), es lo mejor que nos pudo ocurrir; fue nuestra mayor fortuna.
Así que, sin la menor añoranza del niño que buscábamos –el encanto de la tata compensó con creces nuestra búsqueda frustrada–, renunciamos al empeño y nos quedamos con la parejita; pero repetida.
Ahora, en el umbral de nuestra vejez, lo que en un alarde de eufemismo hemos dado en llamar la tercera edad, nos llega el prodigio de tu presencia, satisfacción y alegría de todos los que te rodeamos.
Ahora, en esta tercera edad, con el ánimo sosegado –en gran medida gracias a tu presencia–, distante los días pretéritos en que afanes desmedidos y anhelos imposibles espoleaban nuestra juventud en sus ambiciones y desvelos, hacemos nuestra las palabras del poeta: “A cada día con su afán le basta”. Como a nosotros nos basta con verte feliz; tanto como nos preocupa el más mínimo indicio febril o doloroso que turbe tu semblante y provoque tus lágrimas.
Ahora, representando el eslabón que, a poco que escarbemos en los repliegues de la memoria, tu presencia nos alivia de tantos naufragios y nos devuelve la imagen ilusionada del niño que fuimos y que aún pervive y reconocemos en tu limpia mirada, en tu alegre sonrisa…Y, en este acontecer plomizo, incierto, efímero… sobreviviendo a nuestro tiempo, sobrellevando deserciones devastadoras –la mayoría inevitables– de familiares y amigos, vislumbrado ya el crepúsculo de la vida, tal vez, comienzo de su epílogo… Cuando aprehendemos el verdadero sentido de la vida, convencido de que afirmar o negar constituye la naturaleza de las cosas; cuando sabemos que cada segundo es único, irrepetible… En este acontecer, querido nieto, mientras dure el epílogo, y en lo posible, quisiera ser testigo y notario del acontecer gozoso de tus primeras preguntas; porque, más que respuestas, te sugeriré más preguntas. Las respuestas tendremos que hallarla entre los dos.
—¿Se quiere más a un hijo que a un nieto? –nos venimos preguntado desde siempre.
No. Rotundamente, no. El amor, como cualquier otro sentimiento, no es medible. ¿Cómo medir el sentimiento? Imposible. Y si fuese posible, para qué. Aquí no importa la cantidad, sino la cualidad y la forma. Por tanto, no se quiere más o menos; se quiere de modo diferente, porque también diferente son los tiempos en que esto sucede: el amor del padre hacia el hijo es más imperativo, necesita transmitir la impronta de su carácter; en cambio, el amor del abuelo, basado en la supuesta experiencia de sus años, suele ser más condescendiente, más predispuesto a hacer la vista gorda. Por esto se dice –cierto en muchos casos– aquello de que “los padres educan y los abuelos consienten”.
Tu refugio
-¿Dónde está mi niño, dónde..?
Y tú, aguantando semi oculto, apenas unos segundos, con tu risa picarona, nos sorprendías con una carrerilla mientras gritabas jubiloso: —¡Aquí está, aquí está..!
Al fin, una mañana, al salir a la terraza, te encontraste con una casita —tu refugio de fantasía— de vivos colores, con ventanas y una puerta por donde podías entrar erguido.
—¡Qué grande… la casa, qué grande! El lobo… los cerditos…, tiene chimenea, —expresaste muy excitado en tu lenguaje particular.
—¡Aúpa, aúpa abuelo… El lobo, el lobo… —pero sin una pizca de miedo; jamás te asustó el cuento,— la chimenea, ¡qué grande..! Agua, agua… —seguías diciendo alborozado, mientras tocabas el tejado de color rojo; querías decir que si llovía, ahí estaba el tejado.
Transcurrido algunos días, tu entusiasmo por la casita no decayó; el problema es que te empeñabas en que entrásemos contigo. A veces, con gran esfuerzo físico, aceptábamos tu invitación a pesar de que el lumbago se resintiera. Tu padre con más problemas, porque la casa era grande, pero no para su corpulencia.No podíamos desairar tu insistente y amable invitación, aunque tuviéramos que contorcernos como si se tratara de un número circense.
En fin, todo fue en homenaje a tu amable hospitalidad.

